Es verdad que del tema se ha escrito y hablado muchísimo, pero de todas formas es una situación compleja que despierta gran interés. Desde la antigüedad se habla del tema, por ejemplo San Agustín en su libro “Confesiones”, trata este tema y escribe: “He visto con mis ojos y he observado a un pequeño dominado por los celos, aún no hablaba y no podía mirar sin palidecer ante el espectáculo para él doloroso de su hermano de leche”. Esa imagen del niño que se siente dolorido por el espectáculo que observa, es muy usual para muchos, así como también es común plantearse ciertas preguntas tales como: ¿Es que él quiere también el pecho?, ¿Qué es lo que quiere?

Justamente no se trata de eso, pues si su madre le ofreciera el pecho a él, lo más probable es que lo rehusaría y aunque mamara, eso no disminuiría en absoluto los celos que él siente. Más bien lo que ocurre es el hecho tan atormentante de asistir a esta imagen de plenitud que él vive como pérdida. Le hace ver y sentir la frustración de no gozar de ese hecho tan placentero como lo hace su nuevo hermanito, sensación que como consecuencia genera sentimientos de enojo y resentimiento. Siente que si él no goza de determinados placeres, nadie debería hacerlo.

El nuevo hermanito es siempre un intruso para el hermano mayor, que demostrará sus celos haciendo lo imposible por recibir las mismas atenciones que se le otorgan al pequeñín. Esta situación no es exclusiva de los niños, también podemos ver en los adultos determinadas sensaciones comunes a las que sienten los niños. No olvidemos que para que un niño o un adulto sufra celos, hace falta que un tercero entre en esa relación dual, y la altere con su sola presencia.

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