Aunque resulta exagerado insistir en que las experiencias de la infancia dejan a menudo recuerdos indelebles, a veces tan graves que se relacionan durante toda la vida. Un niño no es igual a un adulto; es necesario repetir esto, aunque parezca de sencilla comprensión porque muchos padres no se conducen como si reconocieran este hecho.

Tomemos por ejemplo, al padre que acostumbra arrojar a su hijito en el aire para tomarlo después en brazos. ¿Lo hace para demostrar su propia habilidad en recoger ese manojo de humanidad, tan precioso para él? Debe comprender que el pequeño se pone rígido de temor cuando su cuerpecito se halla en el aire.

Tal vez no sepa que está instalando el temor en su hijo, que se radicará para toda la vida en la conciencia de la criatura. Recuerde usted su propia infancia y tendrá memoria de cómo en la vecindad la descripción de un accidente o una película de horror le hacía ir a dormir temblando de miedo.

¿Recuerda cómo se cubría la cabeza con las sábanas para protegerse de los peligros imaginarios; cómo cualquier ruido extraño le hacía paralizarse de temor? ¿Tenía miedo a los relámpagos, a los truenos, a los insectos diversos?.

Muchos responderán que sí a estas preguntas y admitirán que aún siguen siendo víctimas de ciertos temores. Así es, en efecto, puesto que esos temores se han fijado en la mente desde la infancia, y nunca han podido liberarse de ellos.

Esta es una de las razones por las que se debe proteger al niño contra los miedos innecesarios.

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